¿Aún recuerdas a los cuenteros en la Colina?

El Santo

24-06-2020Tiempo para leer: 11 min

¿Aún recuerdas a los cuenteros en la Colina?

  ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a la Colina de San Antonio? Si me acompañas en este texto recordaremos juntos y te haré pensar en algunas cosas más de este espacio emblemático para los cuentos y los cuenteros.

   Imagínate llegando antes que la mayoría. Es sábado a las 6:30p.m. y hay pocas personas. Buscas un lugar en el centro de la gradería y te sientas a esperar el inicio del show. Pronto se abre el telón, que es una forma tradicional para referirme a que nos paramos en lo alto de un muro a gritar: “Cueeeentos, Cueeeentos”. ¿Sabías que en el 2008 gritábamos igual y un perrito negro con rasgos de Labrador aullaba y luego entraba hasta el centro del ágora para que nosotros le diéramos un premio? Con ese mismo llamado la gente que está esperando en el sendero se acerca al teatro, pero ya no viene el perro: se lo robaron.

   Todo eso acontece a la altura de la carrera 10 Oeste # 1 – 93, allí está el sendero de piedras que conduce a la Capilla de San Antonio, patrimonio de la ciudad de Santiago de Cali. Este camino fue diseñado para los feligreses, para los turistas con ganas de una bonita vista y se fue transformando, con el paso del tiempo, en una sala de espera para la función de la noche. Sí, es usualmente en ese sendero de piedras donde la gente espera el llamado de los cuenteros de Santa Palabra y nos sirve de punto de referencia para recordar. También contradice lo que dijo alguna vez Marc Augé, que un recorrido entre dos puntos es un no-lugar. Pero se equivoca en este caso el teórico o yo lo equivoco a mi conveniencia, pues ese camino nos orienta y nos ayuda a explicar un fenómeno de ciudad. Es precisamente en ese no-lugar que el público aguarda por los cuentos y es a su costado donde se construyó un teatro de piedra y cemento, bajo el cobijo de un árbol emblemático, como de relato épico.

   En menos de treinta minutos hay más de cien personas reunidas y tú estás en el mejor lugar. Comienza la función. Una rutina de comedia pone las reglas del juego. Son acuerdos simples: Primero: todos con sus teléfonos en modo silencio. Segundo: ocupe un lugar donde vea y permita que otro lo haga. Tercero: en algún momento vamos a pasar la mochila, el sombrero típico de las presentaciones callejeras y usted será invitado a poner en ella. Cuarto: ni se fuma ni se bebe alcohol, porque es un espacio para que las palabras estén de fiesta y la familia pueda participar; no es un bar, es un teatro para todas las edades. Quinto acuerdo y anticipación del contenido: sí, tal vez usted viene pensando en reírse, pero nosotros contamos cuentos y el humor es un condimento, no un fin.

   Pasa la primera hora del espectáculo y ya son trescientas personas en el lugar. El perfil de los asistentes es variado y lo notas. Las personas provienen de diferentes partes de la ciudad y todas poseen niveles culturales, académicos y económicos muy diferentes, son de edades distintas, de creencias políticas y religiosas diferentes y, aun así, están todas unidas bajo el mismo discurso. Todas las personas asistentes por un momento se unifican, se encuentran, se funden frente a los cuentos. Cada asistente se imagina su propia historia y todos se vinculan contigo porque viajan por el mismo relato. Y en esa colectividad que integras se liberan, de manera conjunta, sensaciones de amor, esperanza, asco, tristeza, risa, todas las emociones según el cuento contado.

   Disfrutas en dos oportunidades el paso de la mochila, donde cada uno aporta según su bolsillo; es una de las particularidades de este espacio. Por ser abierto al público nunca requiere el pago de una boleta. En eso tenemos que exaltar la importancia del teatro popular y lo que influye en la creación de público. Cuando pasamos el sombrero estamos enseñando que el arte debe pagarse y eventualmente, ese mismo público aprenderá a llegar a las salas de teatro. Es un escalón fundamental que nos permite saltar a la taquilla y este paso, como todos los pasos, se aprende. Santa Palabra se volvió una opción ante la carencia en la formación de público para las salas de teatro o una solución ante la falta de presupuesto; esto también debemos decirlo. Es que para muchos la cosa es compleja y no se cuenta con dinero para una función de sala. En ese sentido nosotros hacemos la tarea de generar espacios de inclusión social, donde todos, sin importar el origen, tienen lugar.

   Con nosotros pasarás la noche, escuchando alguno de los relatos inolvidables: Don Guillermo, el campesino; Juego de roles, La historia de Antonio el Bobo, El extraño viejo del camino; y en voz de Fraga escucharás, tal vez: Los amigos del Rey; Una carta, un fantasma, un amor; Las aventuras en parapente… Son cuentos que tal vez desconoces por sus títulos, pero que a la primera línea escuchada dices: “sí, es un clásico”.

   Tal vez coincidamos que al pasar de los años la Colina de San Antonio es conocida no sólo por su belleza o por su emblemática iglesia, sino por los cuentacuentos. Por supuesto, ha sido la recomendación, la referencia voz a voz lo que ha logrado constituir un espacio único para los habitantes caleños y sus visitantes. ¿Qué es lo primero que dices cuando vas a recomendar a los cuenteros? Luego nos respondes esto, por cualquiera de nuestras redes, porque nos gustaría saber.

   Al terminar la función nos vemos de cerca, un saludo, un abrazo sin temor a pandemia y luego una despedida. Al salir te encontrarás de nuevo con el sendero de piedras y cemento y verás, seguramente, la casita verde de la Policía Nacional de Colombia. La imagen podría parecernos un relato crítico en sí, la presentación de dos opuestos: el pensamiento pragmático en un lado y la flexibilidad de la imaginación y lo posible en el otro. Lo cierto es que la policía nos gana en antigüedad y la concha acústica, el ágora, es más bien reciente. El espacio tuvo, además, otras condiciones en su contra. Se construyó y por muchos años en él habitó la nada; fue un espacio diseñado desde un comienzo para que la gente escuchara algo y que por mucho tiempo se llenó de silencio. Antes de convertirse en un escenario de programación cultural constante fue: cancha de fútbol improvisada, refugio de enamorados, lugar para pegarse un viaje astral y hasta baño público. Un día los contadores de cuentos se tomaron el “no-lugar” y lo convirtieron en territorio.

   Quiero decirte, sin pedantería y más bien para darle sustento al presente texto, que soy el cuentacuentos que más años lleva contando en la Colina. No fui el primero. Decir esto sería contradecir a la humanidad misma que se gestó en torno a las palabras y también pasar por alto que desde la construcción del lugar muchos artistas fueron de visita por temporadas. Pero un territorio jamás se construye con visitas aisladas, sino en su práctica constante. Manuel Delegado, en su libro Animal público, nos habla sobre aquellas estructuras arquitectónicas que han sido diseñadas para algo y que fracasan durante mucho tiempo en su fin sólo porque los habitantes no desean utilizarlas. Nosotros provocamos las ganas, nunca con el objetivo mismo de apropiarnos de un espacio sino por el amor a lo que nos gusta, y así gestamos la utilización (tengo de fondo otro concepto: el espacio practicado, pensando en Michel de Certeau). Y es por eso que hoy podemos dar cuenta, no sólo de la transformación de los discursos emitidos por los artistas desde el año 2003, sino de las historias tejidas en esa relación público-cuentacuentos.

   Perdóname si me puse académico, es un vicio que le deja a uno ciertos libros y las ganas de evitar los relatos emotivos porque se me arruga el alma. Es que llevo días sin contar en ese lugar por la pandemia, por lo del Covid-19.

   Sigo con las reflexiones. Junto a mi compañero de escena he visto a niños convertirse en adultos y nosotros mismos pasamos de adolescentes a señores. Hemos dedicado desde hace años cada viernes, sábado, domingo, lunes festivo y temporadas de vacaciones a relatar nuestra manera de ver el mundo en un parque donde la gente como tú llega con ganas de imaginar .

   Santa Palabra se convirtió, poco a poco, en algo de la gente, en parte de sus historias de amor, de amistad, de familia, de vida; y sin querer ofrecimos lo que Delgado dice en el libro que te recomendé: ofrecimos respuesta “a esa necesidad de pertenencia comunitaria, una hermandad capaz de hacer frente a la soledad a que tantas veces aboca la vida en contextos urbanizados”.

   Fuimos en muchos momentos el inicio de alguna historia bonita. Muchos nos conocieron porque fueron atraídos por el barrio y su vista y de pronto, luego de dar la vuelta, se atrevieron a entrar a ese lugar donde había tanta gente y se encontraron con el cuento y sus variables. Al pasar, se toparon con una cantidad de gente reunida ante uno o dos hombres y la curiosidad (otros le llaman chisme), los llevó a las redes de una palabra salida del cuentero, luego a las redes sociales de Santa Palabra. Es lo que hace del espacio público un espacio delicioso, del teatro no-convencional un escenario en constante construcción, un lugar de posibilidad pura para aquel que lo transita.

   Y entre todo eso, entre los vendedores ambulantes que pasan cada tanto, entre los carros antiguos que una o dos veces por noche llevan a una novia ante su próximo esposo, vos y nosotros hicimos el vínculo. Son muchas las historias para contar sobre esas relaciones que tejimos. Cómo olvidar a la abuela que nos visitaba siempre con sus hijos, nietos y bisnietos, al enfermo terminal que dedicó algunos de sus últimos días a visitarnos, a la pareja de invidentes, a los que han pedido a sus parejas el matrimonio; a los que primero iban juntos, luego separados y después con otros; al que nos pidió un cuento para pedir perdón, al extranjero que aprendió a hablar mejor el español visitándonos, al hombre que me abrazó un día porque había salido de la cárcel y entre las cosas que quería hacer al recobrar su libertad estaba volver a escuchar historias; al señor del “maní, maní”, a los vendedores: Rubén, Juliana, Lola, Gonzalo, Nubia… Todo eso lo conservamos en la memoria.

   Y pensar que cuando fuimos por primera vez estábamos a la cacería de algunos billetes para una botella de vino, en esa época de adolescencia y bohemia, sin responsabilidades ni consciencia. Luego nos hicimos profesionales, empresarios, reflexionamos sobre nuestro repertorio, cambiamos… Hemos crecido gracia a vos, a esa complicidad. ¿Nos has visto crecer? ¿Sentís felicidad de lo que somos hoy? ¿Alguien nos dijo alguna vez que Santa Palabra debería ser declarado un patrimonio cultural de la ciudad, y eso nos hizo saber la responsabilidad tan grande que tenemos. Es por eso que aquí seguimos, como lo hicieron los griots, rapsodas, palabreros, bardos, juglares, trovadores, tejedores de palabras. Seguimos hilando mitos, leyendas, escribiendo cuentos urbanos y rurales, apostándole al arte de las palabras, improvisando relatos, haciendo que perdure el ingenio en la palabra hablada y esperando volver al espacio de la Colina de San Antonio para llenarte de cuentos. Aquí seguimos firmes en el oficio de tejer historias, preservando el ejercicio de narrar porque esto nos mantiene unidos.

Por Jhohann Castellanos