¿Dejarías las llaves de tu casa a un desconocido?

Fraga

14-07-2020Tiempo para leer: 7 min

   ¿Dejarías las llaves de tu casa a un desconocido? Posiblemente no. Nosotros conocimos a alguien que sí y nosotros éramos los desconocidos.

   Fue a comienzos del año 2011, Santo y yo tuvimos la fortuna de embarcamos en una aventura más allá de las fronteras nuestra nación. El plan: recorrer las principales ciudades de cuatro países suramericanos, contando cuentos, dictando talleres de narración oral, compartiendo nuestra experiencia como cuenteros colombianos y conocer el trabajo de cuentacuentos de otros rincones de Latinoamérica. La estrategia: buscar a esos narradores, escribirles y pedirles un espacio para contar cuentos o para compartir nuestra experiencia.

   Hay una emoción que se siente antes de cada viaje, supongo que algún idioma debe tener una palabra para esa sensación; es una especie de nervios, felicidad, algo de miedo, un poco de valor, algunas dosis de adrenalina, mucho entusiasmo. Todo eso es comprensible cuando se planea un recorrido tan largo, o bueno, al menos para nosotros lo era.

   La primera ciudad a la que llegamos fue Santiago de Chile, ahí nos encontramos con personas de Cali residentes en la capital. El lugar donde nos quedamos fue increíble, un barrio lleno de historias; incluso conocimos una de las casas de Pablo Neruda. De Santiago bajamos a la bella Valparaíso y de paso conocimos Viña del Mar. Una tarde nos fuimos a conocer El Monstruo y recuerdo que luego nos acercamos a la playa. Sin habernos preparado, y con poco tiempo para regresar a la casa, nos atrevimos a comprar en una tienda dos trajes de baño para niños, talla grande, de los económicos. No queda evidencia de ese día, porque perdimos esas fotos; ¡ya se imaginarán cómo nos veíamos de comprimidos con aquellos trajes, disfrutando del frío mar! Regresamos a Valparaíso y desde ahí viajamos directo a Argentina.

   La primera ciudad que nos recibió en Argentina fue Mendoza, donde hicimos una función para unos cuantos niños. Fue una maestra, ya jubilada de su profesión, quien nos recibió, nos dio hospedaje y también nos daría varios sabios consejos para nuestro oficio. Luego pasamos a Córdoba, Rosario y finalmente, luego de una larga travesía, llegamos a Buenos Aires, donde sucedió lo de las llaves.

   A medida que avanzaba el viaje, comprendí eso que un día me dijo un amigo: “las cosas materiales que en verdad te pertenecen, son aquellas que puedes meter en una pequeña maleta que tú mismo puedas cargar; el resto de cosas son sólo un préstamo”. Definitivamente viajar es algo emocionante porque abre la mente, despierta la creatividad, permite sentirnos más vivos y hasta el tiempo se percibe de una manera diferente. Además, el poder conocer a tantas personas, una cultura diferente, pensamientos distintos y puntos de vista tan válidos como los propios, nos permite ser más tolerantes ante la diferencia. Y fue en la “Ciudad de la furia” donde conocimos a alguien con un pensamiento tan diferente, tan lleno de verdad, que nos dejó una gran enseñanza para nuestras vidas.

   Al llegar a Buenos Aires sólo teníamos la dirección del lugar a donde debíamos ir. Para ese entonces los celulares no eran inteligentes ni tenían instalados el famoso GPS, así que procedimos a usar el ya aprendido PPS: Pare, Pregunte y Siga.

   Al llegar a la dirección destino algo nos causó sorpresa; en la puerta de la casa donde íbamos a alojarnos encontramos, en una hoja pegada por sus bordes con cinta, un mensaje: “Santa Palabra”. Despegamos la hoja y adentro estaba escrita una instrucción. Esta decía que debíamos ir a una dirección y reclamar las llaves de la casa y luego que nos instaláramos. A nosotros nos pareció algo extraño, porque nunca le dejaríamos las llaves de nuestra casa a alguien que aún no conocemos del todo bien.

   Caminando, caminando, llegamos a la dirección donde se supone habían dejado las llaves. Al llegar ahí, una joven nos saludó y nos preguntó si nos habían dado las instrucciones para usar las llaves, ya que la chapa tenía una pequeña mañana para que abriera. Nosotros le dijimos que no, que esa era nuestra primera vez en la ciudad y en esa casa. La joven nos acompañó, abrió la puerta, nos entregó las llaves y se marchó. Santo y yo nos quedamos en lo que parecía ser la sala; sorprendidos por los hechos y cansados por el viaje, decidimos descansar un poco.

   Terminando la tarde llegó la dueña de casa, nos saludó de una manera muy efusiva y nos preguntó por el viaje, por la gente, por los cuentos. Luego nos llevó a nuestras habitaciones, nos hizo sentir muy a gusto, como en la casa de ese familiar lejano que siempre se alegra cuando llegamos de visita.

   Por esos días fuimos a recorrer la ciudad, no hay mejor manera de conocer un lugar que caminando o viajando en sus trasportes públicos. Buenos Aires tiene magia, encanto y encontramos muchas historias, desde el hombre que quería conocer Medellín porque ahí murió su ídolo Carlos Gardel, “que cada día canta mejor”, pasando por los soldados veteranos de la guerra de las Islas de las Malvinas, hasta llegar a los poetas de bares secretos y selectos, de las noches porteñas. Es linda esa ciudad, pero más linda es su gente, al menos la que nosotros conocimos.

   Una noche nos invitaron a una fiesta en una casa cultural, ahí conocimos un montón de personas maravillosas. Ellos, al escuchar nuestro acento de inmediato identificaban que éramos colombianos y la mayoría nos saludaba con la frase: “parcero, ¿todo bien?”. Para muchos, el gentilicio de los nacidos en Colombia era parcero, porque todos, sin importar la región o ciudad, nos llamábamos así.

   En medio de la fiesta me acerqué a la dueña de casa, tenía mucha curiosidad por el tema de las llaves. Luego de charlar y reír le dije que tenía una duda, quería saber ¿por qué le había dejado las llaves de su casa a dos personas que aún no conocía? Ella, son una sonrisa, me dijo: “mirá, loco, todos los colombianos que yo he hospedado en mi casa han sido excelentes personas, unos seres humanos maravillosos y muy correctos. Cuando alguien me dice que un artista colombiano necesita hospedaje, yo me ofrezco de inmediato, porque me gusta tener cerca a personas tan agradables; además, cada último que llega es mejor que el anterior”.

   Esa noche comprendí que cuando una persona sale de su país, esa persona se convierte en una pequeña embajada de su gran nación. También confirmamos que, si esa persona hace las cosas bien, le estará abriendo las puertas a otro compatriota; pero, si hace las cosas mal, le estará cerrando esas puertas a mil compatriotas más.

   Lo bueno de viajar es que todo el tiempo aprendes algo nuevo. Yo aprendí esa noche a dejar siempre en alto el nombre de mi país y es por eso que cuando nos invitan a un evento internacional, Santa Palabra hace las cosas más que impecables, porque cargamos a cuestas la responsabilidad de abrir las puertas a otro compatriota. Y vos, ¿sos colombiano o de qué país nos lees? Cuéntanos y contáctanos para que acerquemos nuestras fronteras.

Por Cristian Fraga