Doncan, el señor perro

Cristian Fraga

10-06-2020Tiempo para leer: 10 min

   ¿Por qué duele tanto cuando una mascota muere? Esa fue la pregunta que me hice una hora después de saber que mi perro había fallecido. Todo comenzó cuando un amigo de la familia nos dijo que su perrita, una siberiana blanca como la nieve de las películas, había tenido varios cachorros. Nosotros fuimos a verlos sin la intención de adoptar porque nuestros padres, en especial el señor de la casa, se oponían a la intención de tener una mascota. En la visita nos enteramos que el padre de los perritos era un canino de raza Bóxer y la idea de tener un cruce de estos bellos ejemplares nos llamó la atención.

   Cuando miramos la camada los perros se veían similares, todos del color café canela heredado del padre y un abundante pelaje atribuido a la madre. Es curioso, al ver a quien sería nuestro perro no hubo amor inmediato, fue más bien una delgada conexión emocional; o fue una especie de suerte, algo del azar y la buena fortuna que llegó para las dos partes. Minutos después íbamos de regreso a casa con quien sería nuestro nuevo compañero de juveniles aventuras.

   El nombre de un perro es tan importante como el nombre de una persona. Luego de pasar por una breve lista de nombres comunes, divertidos y algo clásicos, encontramos el mejor de todos: nuestro perro ser llamaría Doncan. Su nombre es una mezcla: “don”, de señor, ya que de alguna forma tenía un porte elegante y “can”, de canino; es decir, él era un Señor Perro.

   En pocos días el pequeño peludo se ganó el cariño de la familia, en especial el de mi padre. Aprovecho para hacer una confesión sobre esos días primeros. Cometimos la salvajada, el día de las vacunas, de pedirle al veterinario que le cortara la cola porque suponíamos que él iba a ser un perro muy grande y feroz, capaz de intimidar a cualquier maleante o de captar la atención y admiración de las personas; nada de eso, se quedó chiquito y descolado.

   Doncan nunca llegó a ser un perro de gran tamaño, al contrario, parecía uno de raza Chow Chow miniatura, de pelaje siberiano, color canela y belleza criolla. Creo que él nunca comprendió su condición física, pues no se le notaba miedo alguno cuando un perro de raza “potencialmente peligrosa” se acercaba a olerlo; al contrario, era él quien gruñía si el saludo no era de su agrado.

   Dicen, los entendidos en el tema, que los perros se unieron a nosotros los humanos por las sobras que dejábamos después de cazar. Los primeros compañeros de cuatro patas que adoptamos fueron los lobos y de ahí sus cruces y variantes; ellos pagaron el alimento con el trabajo de alertar sobre las amenazas y surgió el intercambio de servicios. Y ambos aprendimos a convivir, a darnos ayuda mutua y en ese canje surgió el vínculo que en el presente sigue vigente.

   Para mí fueron los caninos quienes adoptaron a los hombres, los vieron con sus sentimientos tan desamparados que, por instinto de cuidado y supervivencia, decidieron acogerlos para hacerles más llevaderos sus sufrimientos. Es que los perros saben cómo nos sentimos, saben cuándo estamos enfermos o cuándo estamos teniendo un mal día; ellos, con su don divino, tienen el poder para espantar los miedos, calmar las angustias cotidianas, hacer más ligera la carga de la depresión, alejar la tristeza o ahuyentar la soledad nociva de nuestros tiempos.

   Algo que me encanta de los perros es que son auténticos en lo que expresan, ellos jamás cargan un filtro emocional, desconocen la hipocresía o el cariño fingido. Si le caes mal a un perro es posible que sus 42 piezas dentales intenten atacar tu pierna; pero, si le agradas, su afecto será genuino y en compensación tendrás el meneo de su cola, una cabeza dispuesta a los mimos y hasta un guardaespaldas dispuesto a dar la vida.

   Un perro es el único al que nunca le cabe la dicha en el cuerpo cuando regresas a casa, no importa si fuiste a trabajar, a la tienda de la esquina o te ausentaste persiguiendo el sueño de dar la vuelta al mundo. Lo sé porque cuando regresaba a casa, luego de estar casi medio año por fuera, a Doncan se le desbordaba la alegría cuando nos encontrábamos. Era sorprendente ver como tanta felicidad podía caber en ese pequeño cuerpo peludo. Ahora que lo pienso, nunca le llevé un regalo por la ausencia, pero estoy seguro de que a él jamás le importó mi descortesía.

   Doncan tenía todas las buenas y nobles cualidades de un perro, pero también tenía su propio modo de ser y existir. Nunca, “jamás de los jamases”, se le pudo poner un lazo para llevarlo de paseo; tampoco aprendió a hacer sus necesidades en la calle. Sabía robar la comida de la mesa, nos miraba con enojo y despreciaba la comida para perros, nada de croquetas ni pepas nutritivas, a él le gustaba comer lo que nosotros comíamos y sabía velar con contundente ternura cuando el plato principal era carne frita o pollo sudado. Botaba pelo por todos lados y muchas noches su cama fue insuficiente y sin importar la hora aruñaba la puerta de mi cuarto o la de mi hermano para dormir junto a nosotros, con la cabeza en la almohada y envuelto en la cobija principal que terminaba llena de pelos.

   Ese perro tenía espíritu callejero, muchas veces se escapó de la casa para andar por el centro de la ciudad. Mi padre lo encontró en varias ocasiones con la mirada perdida y con regaños y reclamos lo traía de vuelta al hogar; luego aprendió a llegar sólo e incluso supo cómo hacer para que la vecina tocara el timbre por él para decirnos que ya había llegado.

   Ninguno de sus defectos opacaba sus virtudes. Hoy creo que a Doncan le gustaba vernos reír y por eso, cuando estábamos aburridos, se acercaba para jugar hasta vernos de nuevo con la felicidad en el rosto. Su incondicionalidad era absoluta y su lealtad por siempre infinita. El Señor Perro guardaba secretos como nadie y, aunque nunca dijo palabra alguna, bastaba sólo un gesto para saber que comprendía nuestros pesares o esa confusa angustia propia de la adolescencia incomprendida.

   Creo que entre él y nosotros nunca hubo una relación amo-perro. Doncan simplemente era parte de la familia y por eso cuando murió el dolor nos llegó al alma. No hubo tiempo para rituales o despedidas, todo sucedió muy rápido. Una tarde, regresando de caminar las calles, frente a la puerta de nuestra casa, Doncan miró a un pitbull y lo atacó. Su carácter no era proporcional a su estatura y de esa riña de barrio nuestro perro resultó muy lastimado. A la mañana siguiente ya no despertó. La noticia me llegó en la tarde y el llanto me duró hasta la noche.

   Con el tiempo he aprendido que todo en la vida es un pequeño préstamo que debemos disfrutar mientras dure, aunque me parece injusto que el préstamo de los perros no sea igual al tiempo de vida de los hombres, sería maravilloso que los caninos pudieran vivir tanto como las tortugas.

   Hoy sigo agradeciendo a la vida por esa casualidad que nos permitió tener tantos bonitos recuerdos con ese familiar peludo de cuatro patas. Es por eso que cuando alguien me cuenta que su perro ha muerto y que el dolor es hondo, entiendo que no ha perdido a una mascota sino a un familiar. Después de tanto, afirmo mi idea de creer que, si el cielo existe, debe estar lleno de perros.

Por Cristian Fraga