El detonante del relato

El Santo

02-01-2012Tiempo para leer: 9 min

“Todos los niños hablan a sus juguetes; sus juguetes se convierten en actores del gran drama de la vida…” Charles Baudelaire

   Estaba pensando en el porqué de mi incursión en el oficio milenario de contar historias cuando se acercó mi madre por la espalda con un regalo: un carro de juguete, una Ford del 56. La sorpresa me emocionó bastante y las aguas de mis ojos se disolvieron en las mejillas, lentas y sin escándalo; así es la forma de llorar de los adultos cuando el sentimiento te agarra de sorpresa. Luego de intercambiar con ella algunas frases llenas de alegría y nostalgia, me quedé nuevamente solo frente a mi computadora y divagué un rato más sobre las consecuencias de aquellos juegos y mi afición por las historias.

   Tengo veintisiete años y aquel regalo me llevó a recordar la relación que tuve con mis carritos en la infancia y la forma en que mi madre preparó el escenario para que yo hiciera de mi colección de vehículos un universo de relatos. Algunas lecturas recientes fueron arrojando preguntas: ¿mis carritos de juguete dieron origen a mis primeras ficciones o cualquier objeto sirve para detonar el discurso creativo en un niño? Estas historias que creamos siendo niños, ¿obedecen a raíces distintas, desconocidas, divinas, sociales o heredadas genéticamente?

   Con estos cuestionamientos terminé conjugando algunos nombres famosos para generar esta ligera disertación. Roland Barthes, en su ensayo Juguetes, nos dice: “El juguete entrega el catálogo de todo aquello que no asombra al adulto”, para decir más adelante, al desarrollar esta idea, que los juguetes “condicionan” nuestra labor futura en el mundo. Algo así como decir que al niño que le regalan palas lo harán sepulturero y que es sepulturero porque carece de miedo a serlo. Siguiendo el mismo orden, resultaría lógico decir que el juguete condiciona la producción de discurso en el infante y que tal discurso es el ejemplo anticipado de lo que será de adulto. Ahora bien, no pude evitar el viaje interno hacía mi infancia y descubro allí otros orígenes, otra relación con el juguete-objeto y que agrega algo más a mi comprensión superficial de lo dicho por Barthes.

   Viví una infancia sin lujos pero tampoco fue una infancia pobre, quizá porque me transmitieron que la pobreza es más bien un estado mental y es independiente de la cantidad acumulada de objetos costosos. Mi madre esperaba hasta fin de mes y hacía rendir su salario con el fin de llevarme al supermercado, a la sección de juguetes, y verme escoger un carrito entre tantos que deseaba. Mi selección no obedecía a las marcas y recuerdo que me aferraba a cualquier auto, en una especie de conexión que aún no logro recordar. Asocio libremente el fragmento de Hernando Téllez, en el que dice cómo el niño “afirma de la misma manera su prodigiosa ternura por una persona o juguete, por un desaprovechado trozo de madera, por un inservible artefacto”. Y sí, tal vez la cualidad del objeto es lo de menos, pero…

   Luego llegaba a mi cuarto corriendo para treparme descalzo en el primer piso de mi camarote y desde allí elevarme entre una abertura de tablas de un segundo piso sin colchón. Mi cuerpo salía en medio de las dos agrupaciones de madera conectadas por reglas de metal, puentes colgantes que permitían el paso de un lado a otro a los personajes y yo, como un “todopoderoso” sobre la magnífica polis, daba inicio a la escena y ponía a rodar a los actores entre edificios hechos con cajitas de ajedrez, borradores, cintas, recipientes. Entonces, el nuevo vehículo entraba en la situación y un nuevo personaje aparecía. Así, con mi narrador omnipresente transcurrían los relatos policíacos, una lucha entre buenos y malos, una pelea entre carros bonitos y feos.

   Yo revivía la lucha entre el bien y el mal y mezclaba todo con la pirotecnia propia de las películas y series de acción que veían mis hermanos mayores por la televisión. El argumento casi siempre igual: problema, intriga, descubrimiento, acción, todo está perdido, milagro, desenlace feliz.

   El ejemplo: algo malo pasa. La investigación lleva a los buenos a la guarida de los malos. Una gran persecución se desata. Los buenos a punto de ser vencidos, ¡no puede ser!… Giros de vehículos en el aire al brincar una rampa. Tiroteos más terribles que veinte versiones de Rápido y Furioso. Algo inesperado. Los malos en un camión de gaseosa, de esos que ganábamos por llevar tapitas al camión de verdad. Los villanos camuflan en el interior del vehículo la maldad del mundo. Una versión de El Padrino riega en las vías de madera aguas negras del imperio Yankee y lanza un misil de muerte y todo parece perdido, pero… El nuevo carro aparece, tal vez un Majorette, un Hot Weels o algún otro que rueda sin padre, sin género, sin herencia o inspiración clara, tal vez fabricado en china, y ese don nadie aparece para salvar a todos y tejer con los buenos una amistad infinita. Los buenos al final siempre ganan: ¡Bettelheim, te voy dando la razón!

   Sí, Bruno Bettelheim; encuentro en él una guía más clara que la de Barthes sobre este aspecto. Recuerdo que dijo, parafraseándolo un poco, que los cuentos de hadas nos ayudan de niños a comprender la relación con el mundo, nos establecen el canon y son quienes inicialmente nos sirven de modelo para comprender el bien y el mal. Por supuesto, a los niños de mi generación, y mucho más a los niños de ahora, le llegaron contenidos distintos a los cuentos de hadas que cumplieron un tarea semejante.

   Deberíamos contemplar, en todo caso, otro influjo maravilloso. Posiblemente se configuró mi mundo y la moral de mis narraciones a partir de los relatos familiares entregados de forma oral, sumando la televisión, la radio, la literatura. En todos esos discursos se asocia lo bello con lo bueno, lo feo con lo malo. En consecuencia, por ejemplo, los carros más bonitos pertenecían a los personajes buenos y los más dañados eran los malos. El tema se puede llevar a asuntos menos difíciles de detectar. Si revisara mejor al hombre de hoy, ¿cuántos paradigmas provenientes de aquella edad primera podrían encontrarse en mis narraciones actuales?

   Viéndolo así, es la socialización primaria la que nos permite construir esas historias. Los niños y niñas se hacen a la idea del mundo por medio de ese conjunto de palabras que les transmitimos en esa oralidad familiar o bajo esa descarga de medios audiovisuales y así, con ese capital en constante crecimiento, se desenvolverán cuando sean adultos.

   En mayor porcentaje, son esos relatos previos los que condicionan al objeto y no es el objeto el que hace a los relatos. Nos parece evidente que el juguete sin relato no es sino una cosa muerta y aunque sea efectivamente un “microcosmos del mundo adulto”, como afirma Barthes, es el niño en su libre albedrío, aquella mezcla de informaciones que se produce en su imaginación, lo que define la producción de esos discursos.

   Por supuesto, en mi caso, y tal vez en el de muchos niños, la forma en que aparecieron los juguetes influenciaron le mecanismo que detonaba mis relatos. No es lo mismo entregar cien carros en un día a recibir a cuentagotas cada uno. Sobre esto último debo agradecer a la vida y a mi madre.

   Ahora bien, acepto esta concesión, si hemos de estar sujetos será al mismo lenguaje, al que irremediablemente estoy y estaré encadenado por esa herencia cultural que fue transmitida a través de mis cercanos. Por lo pronto, la herencia genética está lejos de evaluarse en este instante, el talento divino predestinado también, pero sí puedo decir que le debo esta afición a mis mayores y a sus prácticas.

   Quedan muchas cosas más por decir sobre esto, pero debo alejarme del teclado de mi computadora y caminar al cuarto de mi madre. La abrazaré fuerte y comprimiré en el acto un agradecimiento eterno a la mujer que proporcionó, mes a mes, un nuevo detonante de mis relatos.

Por Jhohann Castellanos

  • El presente texto fue editado por su autor para publicarse nuevamente en el año 2020.
  • BOUDELAIRE, Charles. La moral del Juguete. Artículo aparecido en Le Monde Litteraire el 17 de abril de 1853.
  • BARTHES, Roland. Mitologías. Ensayo: Juguetes.
  • TÉLLEZ, Hernando. Luces en el Bosque. Texto: Bagatela sobre la infancia.
  • BETTELHEIN, Bruno. Escritor y psicólogo infantil que desarrolló varias disertaciones acerca del psicoanálisis de los cuentos de hadas.