Elige tu propia aventura

El Santo

05-01-2012Tiempo para leer: 9 min

   Pasadas las diez de la noche del año 2007, al terminar mi presentación de cuentos en la Colina de San Antonio, descubrí que habían robado mi maleta. La había dejado junto a otras cosas en la parte de atrás del escenario, a la mano de cualquiera, y los ladrones se la llevaron. Me angustié bastante. Busqué por todos lados algún milagroso indicio y pude dar, en la vía que baja a la Calle Quinta, con algunas hojas sueltas que guardaba en uno de los bolsillos. El inventario de lo robado se resumía a dos cuadernos, uno con estudios sobre teología cristiana y el otro con borradores de cuentos; una grabadora en Mp3, mi billetera con documentos, la maleta y un libro, uno de los primeros que leí. Recuerdo que traté de seguir el rastro dejado, como en el cuento Hansel y Gretel, pero las hojas eran pocas y al cabo de dos cuadras desapareció toda señal y perdí la esperanza de recuperar mis cosas.

   Evaluando la situación concluí que no existía ninguna posibilidad de recuperar las anotaciones en los cuadernos, ni las grabaciones de audio, pero el resto podía ser remplazado. Al cabo de dos meses ya contaba con una mejor grabadora, una mochila nueva, una libreta de notas y una billetera con documentos nuevos. El libro robado, en cambio, resultó ser lo más difícil de conseguir.

   Después del descubrimiento surgieron los días en que me lamentaba por mi mala suerte. El libro robado había estado varios años sin ser leído, paseando por mi biblioteca entre otros tantos ejemplares y justo ese día lo vi y lo metí en la mochila para que otro lo robara en la noche. El dolor de la pérdida radicaba en lo siguiente: a los ocho años me lo había regalado una profesora de literatura, no una que me hubiese dado clases, sino una amiga de la familia. Y me sentía molesto, porque el robo eliminaba el objeto que se anudaba al recuerdo.

   El asunto del libro generó una búsqueda intensa. De tanto preguntar en las librerías del centro de la ciudad terminé haciendo amistad con un librero que cazaba textos ya leídos, sin cobrar nada, sólo por el placer de garantizar lecturas ajenas. Fernando: un hombre alto, siempre sonriente, de acento caleño bien marcado.

– Fernando, ¿ya sabés algo del Viaje dentro del ovni 54,40?

– Nada, pero estoy a esto –y señalaba la puntica de su índice.

   La dificultad consistía en que la Editorial Atlántida de Buenos Aires dejó de imprimir ese tipo de textos, que fueron un éxito en la década de los 80’s, pero que ya no les representaba mucho. El mío hacía parte de una colección de libros “elige tu propia aventura”, libros juego en donde el lector puede escoger el destino de su protagonista porque, a la larga, el protagonista es él mismo.

   Les conté que a los ocho años recibí el libro de regalo, pero valorar su importancia implica considerar algunos momentos previos. Siendo más niño resultaba una piquiña en la entrepierna en plena ceremonia de gala y hacía daños a toda hora: una creatura insoportable. Mi madre, para leer tranquila, me metía en su regazo e interponía los libros de su predilección para impedirme cualquier fuga. Junto a ella terminé leyendo libros de superación personal, algunos que todavía conservo en la memoria. Aún recuerdo el mágico biplano del libro Ilusiones de Richard Bach y al misterioso anciano del Milagro más grande del mundo de Og Mandino.

   Por fortuna, la estrategia del “encarcelamiento lector” cambió y mi madre jugó a algo diferente. Cuando notó que me gustaba leer, solicitó consejo a su amiga profesora y fue así que recibí como regalo el libro robado. Sí, también recuerdo que lo abandoné después de recorrer todas sus páginas y salté a otros libros. Un tiempo después se generó un intercambio de lecturas al interior de mi casa, mi madre leyendo sus libros y yo los míos, luego compartíamos los avances de cada uno. Proseguí con Julio Verne, con su Isla misteriosa y de allí pasé a los cuentos de Ciencia ficción de Asimov, todo sin salir de casa. La verdad es que podría haber sido el colegio el mejor escenario para engrandecer mi conocimiento literario, pero jamás me enganché allí. Las lecturas sugeridas por los docentes de literatura fueron terribles, sólo me gustó El principito y contaré como tortura, para dejar mi voz de protesta, el inaccesible Cantar del mio Cid.

–¿Fernando, Sabés algo del libro? – le dije por teléfono.

– Sí, venite pa’ acá y traete veinte mil pesos.

– ¿Veinte mil?

– Sí, veinte.

   Otra historia fue mi relación inicial con la escritura. Como estudiante hacía y escribía lo que me pedían y no existía una cita libre con la letra. Tampoco recuerdo en qué momento empecé a reconocer el código para formular mis propias frases. La escritura por decisión propia, la escritura libre, se la debo a las novias de la adolescencia. Ellas abrieron mis primeros textos en los cuales intentaba ordenar palabras buscando algo de belleza. Sólo fue hasta los veinte años que despertó una preocupación real por la escritura de ficciones, específicamente de cuentos.

   Al comienzo fue muy difícil eso de escribir, yo era lento para entender, o por lo menos más que ahora. Todo sin tildes, no sabía de tiempos, de cesiones de voz, escribía chorreras de palabras desorganizadas, un caos. La barrera más grande a superar estaba en la educación básica que había recibido. Estudié en un colegio técnico industrial y sabía más de herramientas que de gramática. Una atarraja, un machuelo, un martillo, un calibrador, una cizalla, un torno… Pasé por mil talleres, pero ninguno de escritura. Y tuve que avanzar solo en eso de fabricar ficciones y descubrir que requería una planeación de los relatos más juiciosa. Entonces comencé a escribir, a organizar y a preguntarme cómo funcionaban algunos textos. Después fue que entré a estudiar Licenciatura en Literatura y me volví profesor.

– ¿Fernando? Vé, es que me queda difícil ir hoy, pero guardame el libro hasta el lunes que este fin de semana recojo la plata.

– Listo, acá te guardo el libro. Si querés, me decís y te lo llevó a la Colina.

– No, yo voy a la librería, para que vayamos a la fija.

   A Fernando le había contado la historia que envolvía mi búsqueda y él se había unido muy especialmente a la causa. Por eso también respondió emocionado y cuando le conté que pensaba escribir un libro de múltiples finales para adultos me comprometió con eso de darle una copia autografiada. Es que así pasa con los buenos libros. En mi caso, cuando encuentro un libro que me gusta surge el impulso inevitable de ponerme a escribir, es como un reflejo.

– ¡Fernando! Vé, ya voy por el Ovni 54, 40.

– Listo, acá te espero. Hacele pues, que ya estoy que vendo ese libro. Vos ya llevás un mes y no venís y está que se lo come la polilla.

– Nada, sacudilo pa’ que la polilla aguante hambre.

   Apenas entré a la librería sacó seis libros y los puso en el mostrador; encima de todos estaba el de mis recuerdos. ¡Qué emocionante saber que la misión se completa!

– Mirá lo que hizo la polilla, ¡los multiplicó!

– ¡Fercho, yo no tengo ahora ciento veinte mil pesos!

– No, hombre, te los dejo todos en veinte, que a la final yo no tengo nada que ver con lo que hizo la polilla. Me traés el tuyo cuando lo terminés – me dijo sonriendo.

   La lectura y la escritura se anudan diariamente en mí por el placer que me provocan. Sobre la escritura debo decir que también representa una importancia profesional. El texto escrito sirve para proteger tu trabajo de los que quieren hacerle culto a la pereza y ganar dinero con el esfuerzo creativo de otros. Aprendí a proteger mi voz con la letra, apoyado en las virtudes de la computadora y los peligros de la misma a la hora de escribir.

   Me hice fanático de los libros juego. La estrategia de leer jugando me había parecido excelente desde el comienzo y de niño me había servido para incrementar el ritmo de lectura. Ahora de adulto pienso en la importancia de compartir libros con los niños de forma divertida, reflexiono sobre lo relevante que resulta enseñar que se puede leer y jugar al mismo tiempo.

  Hoy tengo en mis manos cinco libros de múltiples finales, pero no el mencionado en esta historia. Hace un tiempo encontré a un niño de once años y le entregué mi Viaje dentro del Ovni 54, 40, pensando en ofrecerle lo que hace tantos años supo darme aquella profesora: el placer de leer jugando .

Por Jhohann Castellanos

  • El presente texto fue editado por su autor para publicarse nuevamente en el año 2020.