Fracasando entre amigos: aprendizajes en medio de un festival

Fraga

01-07-2020Tiempo para leer: 9 min

   Si usted, amigo lector, está pensando en crear una empresa, debe tener en cuenta que hay dos clases de empresarios: los que han fracasado y los que van a fracasar. De los empresarios que ya han fracasado hay dos tipos: los que son exitosos y los que aún no han aprendido de sus fracasos.

   Eso de ser exitoso se ha convertido casi en un mandamiento para todo emprendedor o empresario, es una especie de obsesión compulsiva, pero no hay éxito en la vida sin un par de buenos fracasos en el camino y la mejor manera de aprender es a través de la experiencia. Sí, te pueden aconsejar, te pueden explicar, pero sólo vas a comprender cuando lo vivas y lo sufras intensamente y hay situaciones en las que sobrevives gracias a lo aprendido. Si algo hemos aprendido nosotros, incluso aplicable a la producción de nuestros espectáculos de improvisación, es que: la experiencia no se improvisa, pero para improvisar sí se necesita experiencia.

   Nosotros somos Santa Palabra, somos cuenteros, narradores orales, contadores de historias, vivimos en Cali – Colombia, y hace algunos años nos aventuramos en la creación de una empresa que hiciera parte de la industria cultural de nuestra región. Nuestro deseo siempre ha sido hacer lo que amamos y vivir dignamente de ello. El viaje hacia el emprendimiento no ha sido fácil y hemos acumulado algunas experiencias que les quisiera compartir, en especial las que tienen que ver con el fracaso.

   Algo curioso que he podido observar es que todo fracaso está acompañado por un sueño. No hay fracasos huérfanos, no hay fracasos espontáneos que salen de la nada. Por otra parte, los sueños son esos deseos profundos por lograr algo, son esos pensamientos constantes, esa fantasía repetitiva que nos activa fuertemente la imaginación. Cuando sueñas no planeas fracasar, mides riesgos o evitas algunas situaciones que puedan ser peligrosas, pero jamás esperas que aquello que vas a construir se derrumbe, por eso sueñas.

   Una manera de hacer los sueños realidad es encontrar personas que quieran trabajar contigo y tengan el mismo anhelo. Esto va más allá de ir a una reunión para ser tu propio jefe o de ganar dinero con tus redes sociales, se trata de hacer sinergia, encontrar el complemento idóneo y trabajar de manera conjunta.

   Hace varios años, los integrantes base de Santa Palabra, tuvimos la fortuna de encontrarnos en un mismo sentir y hemos logrado muchas de las cosas que nos hemos propuesto. Uno de los grandes sueños fue realizar nuestro propio gran evento: un Festival Internacional de Narración oral, y lo hicimos durante tres años aprendiendo varias cosas importantes.

   Para lograr realizar un festival de cuenteros se requiere básicamente de tres cosas: cuenteros, un lugar para sus funciones y público que asista a las presentaciones. Nosotros imaginamos a narradores internacionales en medio del público caleño, un escenario espléndido: luces, tarima impecable, excelente decoración, sonido espectacular y todos aquellos detalles para que las personas asistentes vivieran una experiencia encantadora.    Y así comenzamos a trabajar en nuestro gran sueño. Al cabo de varios días, Sergio, nuestro socio más logístico, logró pactar en alquiler la Biblioteca Departamental de Cali para que fuera sede de nuestro Festival, todas las salas estarían a nuestra disposición junto con la plazoleta principal donde realizaríamos las funciones más importantes. Invitamos a varios narradores de diferentes países, todos de un alto nivel profesional y artístico.

   Para resumirles la historia les diré que no fue fácil llegar al día de la inauguración del festival. Faltando una semana dos grandes patrocinadores se retiraron del proyecto, uno de los narradores canceló y a otro por sobre costos de última hora no lo pudimos traer. Por poco y cancelamos todo, pero lo hicimos, supimos manejar la situación y continuamos hasta el día inicial del evento.

   En la parte técnica habíamos contratado a una persona conocida, era lo que podría llamarse “un amigo”. Aprovechando la cercanía solicitamos sus servicios con un descuento y algunas facilidades de pago. Él aceptó. Para reducir más los costos quitamos del presupuesto la carpa del escenario principal, sólo esperábamos que el buen clima tropical soplara a nuestro favor.

   El día de la inauguración, a eso de las nueve de la mañana, llegó una empresa que nuestro “amigo” había subcontratado para poner la tarima del escenario principal. Para nuestra sorpresa, esta empresa exigía el 50% del costo total del alquiler para poder entrar a la Biblioteca y armar el escenario. Nos habían cambiado las reglas de juego. De inmediato llamamos a nuestro “amigo” para recordarle que eso no era lo que habíamos pactado, pero tampoco teníamos un documento o un texto como respaldo a nuestro acuerdo. Tuvimos que aceptar con frustración y algo de rabia.

   Después del pago llegó “nuestro amigo” y, quizás por la cercanía y en un acento muy caleño, nos dijo: “Muchachos, vamos a descargar sonido y luces, que con ese presupuesto suyo no me alcanzó para contratar más personal y les toca ayudar”.    Mientras uno de los chicos que nos apoyaba en la parte logística bajaba todas las cosas para el montaje de esa noche, el cable de una de las luces se enredó y ¡zas!, acto seguido: en el suelo reposaban pedazos de cristal y metal. En ese momento sentí mi párpado izquierdo vibrar de forma irregular mientras pensaba que el universo había desatado una especie de efecto dominó en nuestra contra.

   Al llegar a la plazoleta principal vimos la tarima armada. No era lo que habíamos pedido, no cumplía con las especificaciones de altura que solicitamos; luego vimos las luces instaladas y tampoco eran las adecuadas para lo que queríamos. No recuerdo quién de los tres le recordó que eso no era lo pedido. Nuestro “amigo” respondió: “yo les estoy haciendo un favor, prácticamente les estoy regalando el montaje”. Eso no fue agradable, pero la función debía continuar. Trabajamos para corregir los errores cometidos y, para fortuna nuestra, esa noche la función estuvo maravillosa, la asistencia del público fue masiva, los cuenteros encantadores y el clima sopló buenos aires.

   Los días siguientes a la inauguración continuamos haciendo nuestro mayor esfuerzo, fueron días intensos de presentaciones; gente, boletas, cuentos, artistas, luces, tarimas, narradores, entre otros. Todo el esfuerzo que realizábamos en el Festival se veía en el rostro de la gente luego de cada función. Fueron más de seis mil personas las que asistieron a ese magno evento, y para muchos, las historias de los narradores internacionales fueron la mejor manera de llegar hasta su nación; así fuimos avanzando al día de la clausura de nuestro festival.

   Recuerdo esa noche: el cielo estaba despejado, los narradores listos para para su última aparición, las sillas llenas, la gente esperando el gran cierre, Santo y yo organizando las palabras precisas para la despedida. Todo estaba listo para cerrar con éxito y… Bueno, un par de minutos después de iniciada la clausura sentimos las delgadas, sutiles e inapropiadas gotas de agua que nos llegaban desde el cielo. Tuvimos que pasarnos al auditorio principal de la biblioteca y, aunque la gente comprendió la situación y disfrutó mucho el cierre, sentimos que todo aquello que entregamos esa noche pudo ser mucho mejor.

   Días después, nuestro “querido amigo” pasó a cobrar los servicios que nos había suministrado y para nuestra sorpresa, las condiciones de pago habían cambiado. Las llamadas para cobrar eran intensas, tediosas y en algunos casos agresivas. Al final pagamos todo y aprendimos algunas lecciones.

  ¿Recuerdan que les dije que todo fracaso estaba acompañado por un sueño? Nuestro sueño era hacer algo grande y, sin darnos cuenta, habíamos cometido un error casi absurdo: reducir el presupuesto en un ítem que garantizaba la esencia del evento. Muchas veces sucede en otros espacios empresariales, en proyectos, emprendimientos o empresas, que por ahorrar quitan recursos a lo fundamental. Un ejemplo: quieres montar un restaurante y buscas un chef al que se le pueda pagar poco.

   Otra cosa que aprendimos es que, cuando tenemos un sueño o emprendemos un proyecto y tenemos una necesidad, pensamos en nuestros amigos o conocidos y hacemos negocio con ellos. Y está bien, pero, si lo hacen, y se los digo con conocimiento de causa, todo debe quedar claro y es importante que se comprendan los roles. Si un amigo te quiere ayudar y por tu presupuesto te hace un descuento, ten cuidado, puedes correr el riesgo no tener claros los límites del favor y el pago por los servicios, terminando muchas veces en un pleito donde la amistad también se ve afectada irremediablemente.

   Otra gran lección es que las palabras suelen ser maravillosas, charlar y dialogar con quienes deseas pactar proyectos es algo encantador y más si son tus amigos, pero en términos de negocios todo, absolutamente todo, debe quedar por escrito. Importante: no confíes en Whatsapp, deben ser correos serios, enviados de manera corporativa. Como dicen los psicólogos: los recuerdos y los olvidos son selectivos y en temas de negocios es mejor lo que queda bien escrito.

   Ahora bien, no te preocupes si estás pasando por una de estas situaciones porque, efectivamente, todo pasa. Aprender de los fracasos es también reconciliarse con uno mismo y con sus errores, es resignificar el pasado y verlo con otros ojos. Los fracasos en su momento son un sufrimiento, pero como dice San Agustín: “Es malo sufrir, pero es bueno haber sufrido”.

   Gracias a lo vivido, triunfos y fracasos, es que seguimos siendo empresa. Hoy comparto contigo este pedacito de nuestra historia, esperando a que te animes a conocer un poco más del camino recorrido por Santa Palabra, deseando ser los cuentacuentos colombianos que cuentan historias en tu negocio, para que hagas parte, con tus clientes o equipo, de los relatos exitosos que también narramos.

  ¿Quieres saber más de nosotros? Escríbenos y te contaremos más.

Por Cristian Fraga