La fama de los cuenteros colombianos

El Santo

26-08-2020Tiempo para leer: 8 min

   Aseguro que somos famosos e importantes, de verdad, por chuchito que sí. Los cuenteros colombianos somos ampliamente conocidos por la diversidad de nuestras expresiones orales, fruto de poseer una historia de mestizaje tan maravillosa y tremenda que, sumada a una geografía tan exuberante y agreste, nos permite la riqueza de exponer múltiples rostros de una misma nación. En el presente artículo pretendo decir por qué y mostrar, al menos, tres tipos de cuenteros colombianos, así como ampliar la discusión presentando las dos caras de algunos argumentos expuestos y brindar, de paso, algunas consideraciones para contratar cuentacuentos.

   Sí, somos famosos. No tomen lo que digo como una pauta publicitaria, jamás pondría en duda la riqueza cultural de otros pueblos, pero tampoco debemos vestirnos de falsa modestia. Incluso, para que veamos el otro lado de la moneda, podríamos afirmar que parte de la riqueza de nuestra oralidad proviene de nuestras propias tragedias. Agregamos a nuestros discursos la tristeza de contar con una historia de violencia desenfrenada y una resiliencia social que raya en la locura y que da lugar a los relatos más asombrosos, transitando entre la risa y el llanto. Ni hablar del papel de la escuela, ausente para muchos. Contamos por miles a las personas cuya única fuente de conocimiento es la palabra hablada, implementada como único recurso para aprender a habitar el sistema social que nos rige, en territorios que se funden entre lo rural y lo urbano. ¡Y esto es apenas una parte del coctel que nos hace grandes!

   Ahora bien, toda la fama que recae sobre nosotros es posible gracias a los oídos que prestos se disponen para el fabulador. Aquí la gente es adicta a los relatos, tenemos un público que los necesita y que los pide. Nunca necesitamos que vinieran a decirnos los teóricos que detrás de toda buena idea difundida hay una historia que le catapulta. Jamás requerimos que nos reinventaran todo el discurso volviendo a nombrar la cosa con eso del storitelling, asunto tan viejo como ya lo mencionó Yuval en Sapiens, y ahora tan marketero y ligero que solo busca repetir algo simple: un buen relato es poderoso, efectivo y se comporta como una semilla en la imaginación, germinando hasta convertirse en un árbol frondoso. Ya me puse rimbombate.

   Por supuesto, ese mismo público que nos solicita también suele regalarnos algunas ofensas tremendas. El desconocimiento lleva a muchos a decir, en medio de un comentario inocente, cosas como: “cuénteme un chiste, cuentero”. También pasa en algunas solicitudes de contratación: “aló, necesitamos en la empresa a un cuentero que nos haga reír”. Acto seguido viene toda la explicación sobre las diferentes formas de expresión que se mueven en la oralidad, que en el caso del cuentacuentos la risa es un condimento y no un fin… Mientras eso sucede yo me rasgo las vestiduras y exhibo el silicio: ¡Sucristo bendito, dame paciencia!

   Para evitar alargar la disertación, agregaré que existe una diferencia clara entre un narrador oral de cuentos y un narrador oral de micro relatos con fines humorísticos: los cuenta chistes. Los primeros se concentran en despertar desde la palabra los múltiples sentimientos y reflexiones que habitan al ser humano. Los segundos se enfocan en un fin: hacer reír. ¿Debería explicar la diferencia entre el cuentacuentos y el standapero? Sí, parece que sí, pues hace parte de la ecuación. El standapero, neologismo para referirse a aquel narrador oral que habla desde el insight, se encarga de subvertir “verdades culturales” para hacer reír; es el mismo fin del cuentachistes, ambos se encuentran en el terreno exclusivo del humorismo. A mí, particularmente, me gusta ser cuentero por su apertura y por el gozo personal (en este artículo explico por qué sigo contando cuentos: dele clic aquí). Sin embargo, también disfruto con felicidad de las otras formas y navego en el Stand Up Comedy, en la Improvisación teatral, en el humor desde la parodia. El problema está lejos de lo que haga el artista, para ser franco, el asunto está en que el público entienda las diferencias y diversidades, para que cada cosa reciba su valor y juicio.

   El espectador que aprende a saber qué es un cuentero y qué es humorista, así como el espectador que entiende cuando un artista se mueve entre las formas y las trasgrede a consciencia, sabrá mejor cuánto tiempo dedicar a cada espectáculo y cómo valorarlo. También, en el caso del empresario, sabrá reconocer a qué artista contratar para cumplir sus objetivos de comunicación.    Volviendo al papel del cuentacuentos, nuestro objetivo principal, en Colombia podríamos hablar de tres tipos: dos que sí lo son y otro que no. Importante: esto que voy a decir debería tenerse en la cuenta a la hora de contratar a un cuentero colombiano. Advertencia: esta es una taxonomía arbitraria, jamás absoluta y que sólo pretende abrir la discusión.

  1. El primer tipo de cuentacuentos es aquel cuya oralidad está aferrada a su herencia, que se surte de los relatos de antaño. Son personas que bien pueden ser ágrafas, incluso analfabetas, pero que están tan bien paradas en la riqueza de su pueblo, conscientes de su origen, que vale la pena sentarse varias horas a escucharles. Entre estos están los que consideran a la palabra como el vehículo de su cosmovisión, que ven en ella lo sagrado, la verdad y medio por el cual expresan sus relatos constituyentes.
  2. Los segundos son aquellos sin tradición, los que desconocen cómo se llamaban sus tatarabuelos. En esta clasificación me ubico, sin duda. Nosotros somos los paridos en la ciudad, los que aprendimos a caminar por el frío concreto, en medio de la incertidumbre y de la desconexión de la tierra. Fuimos nutridos culturalmente por todo y por nada. Algunos nos dedicamos juiciosamente a contar historias y nos abrimos camino por el sistema escolar hasta encontrar algo nutritivo, un asidero profesional en algún pregrado. No teníamos de otra, teníamos que estudiar. Bebimos en la literatura, la historia, el teatro, la comunicación social, la publicidad, hasta en la ingeniería de sonido o el diseño audiovisual. Desde la multiplicidad nos abrirnos campo, arañamos los relatos de los abuelos, imitamos a los grandes escritores, tomamos prestado algunos relatos, los intervenimos, transformamos y diseccionamos hasta ir ganando una voz propia que se alimentó de experiencia, hasta que la vida nos fue otorgando algo de criterio. Algunos, como lo hizo Santa Palabra, tuvimos la osadía de volvernos empresa y apostarle a vivir generosamente de lo que se ama.
  3. El tercer tipo debo mencionarlo por iluminar el lado oscuro. Este es el que dice ser cuentero, pero no lo es. Está integrado por aquellos que se presentan como grandes fabuladores: no leen, no escriben, carecen de una herencia oral significativa, nunca pasan por fuego sus verdades, hablan por hablar, mienten sin escrúpulos y embaucan: ¡parecen politiqueros! Estos, debo decirlo con tristeza, no son pocos y terminan por cerrar puertas a los que sí están en la mística del oficio; con su obrar empañan la labor del narrador de historias. Sobre aquellos que se ubican aquí guardo la siguiente esperanza: que encuentren la ruta que todos encontramos y por milagro adquieran algo de juicio, o que se aburran y encuentren otra cosa que les asegure una comodidad mejor.

   Finalmente, al público le corresponde identificar frente a qué clase de cuentacuentos está sentado. También, para el caso de las contrataciones, al contratante le corresponde hacerse una pregunta: ¿estoy dispuesto a soltarle el micrófono a alguien para que hable por mi compañía sin valorar detenidamente si es una persona idónea para representarme bien?

   Escrito por Jhohann Castell


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