La importante labor del cuentero

El Santo

07-07-2020Tiempo para leer: 9 min

   Todos necesitamos respuestas y las andamos buscando en una locura tremenda como quien ha perdido un anillo mágico. Por qué esto, por qué aquello, por qué me ama, me odia, me paga, me mira, cómo hago para rendir mejor en el trabajo, qué hay detrás de la muerte, la tierra es redonda o convexa... Más allá del cuestionamiento que nos invada, de si es absurdo o no, son las historias las que mejor saben llenar nuestras ganas de saber.

   Hemos explicado todo a partir del relato, oral o escrito, y nos hemos estructurado socialmente alrededor del fuego (me gusta la imagen de la comunidad reunida en torno al fuego, es algo que me conduce a lo mágico y primigenio). No importa si se requiere una respuesta concreta que se sustente en datos constatables o si la alternativa para lograr la paz momentánea de esa curiosidad de saber se resuelve con conceptos que se soportan en otros conceptos, lo que importa es que el discurso te brinde una sensación de concluyente descanso.

   En algunos casos la ciencia nos otorga un relato más convincente, “racional”, que parece perdurar hasta que otro mejor llega y lo remplaza. El ejemplo: la tierra fue plana y luego redonda, luego nos demostraron mil veces que es redonda. En otros casos elegimos voluntariamente olvidarnos de la ciencia para apostarle a lo fantástico, porque sencillamente esto, inverosímil o descabellado, nos llena de mayor felicidad. ¡Viva la tierra convexa!

   Esta necesidad de respuestas muchas veces se sustenta en el narrador oral, el fabulador, el escritor, cuentero, griot, rapsoda, palabrero, bardo, trovador, aedo, payé, sacerdote, juglar, cuentacuentos... Son tantas las palabras semejantes que nos demuestran el papel nunca ausente del individuo que se erige como embajador de la palabra y al mismo tiempo poseedor de una verdad. Por supuesto, hablo de una verdad que se sustenta en el relato mismo y que nunca requerirá de una aprobación diferente a la que se brinda desde el mismo mundo configurado. ¿Quién puede negar que Caperucita roja salió viva de la panza del Lobo? Es más, ¿quién puede negar que el Lobo queda vivo y con indigestión después de semejante remendada de panza? Nadie, porque en ese bosque, en ese mundo, eso es absolutamente posible.

   De esta manera, sin pedirlo, sin quererlo, sin aprobarlo, caímos en las fauces de los relatos siempre alimentados por nosotros mismos (es imposible dejar de pensar en Yuval, en su libro Sapiens). ¿Cómo olvidar los relatos que se gestaron en Europa y que se desplazaron por Occidente en forma de oralidad y escritura? ¿Cómo quitarnos de la mente a Jonás escupido en una playa o al Pinocho de Geppeto? ¡Imposible! Tan imposible como quitarnos de la cabeza que Simbad el marino, Alí Babá y los cuarenta ladrones o Aladino son parte de las Mil y una noches; aunque desde el principio nunca lo fueran. Y esta contundencia es la que nos convoca a elegir frente al diente caído de un niño el relato del Ratón Pérez; ante un regalo bajo el árbol, la historia de cooperación entre el Niño Dios y Papá Noel.

   Porque las historias nunca se borrarán de nosotros, porque hacen parte de nosotros mismos, nos hicieron lo que somos y nos perseguirán hasta que se vaya la vida o se borre la memoria.

   Recuerdo el cuento de un hombre que contaba historias todos los días bajo un árbol y que sólo era escuchado por un niño. Un día el niño se hizo hombre y fue a despedirse del viejo porque se marchaba del pueblo. Después de brindarse un adiós, el joven hombre salió por fin del pueblo y antes de perderse para siempre quiso echarle un último vistazo al viejo. Entonces lo vio, todavía bajo el árbol, contando sus historias. No pudo resistirse y regresó de nuevo, sólo para lanzarle una última pregunta al contador de cuentos: ¿por qué continuaba contando si él, que era el único cuya atención le había prestado en tantos años, ya se marchaba para siempre del pueblo? Entonces el viejo le respondió que continuaría contando historias para que el viento, de vez en cuando, se encargara de llevar sus palabras al hombre que ahora se marchaba, para que nunca olvidara al niño que había vivido en aquel pueblo. ¿En qué momento dejamos de honrar al niño que fuimos y a sus sueños cargados de historias?

   En este punto podría atreverme a formular que durante un instante la imagen del viejo y el joven hombre invadió todo el pensamiento. Ahora bien, si esto que supongo es cierto, ¿por qué valoramos la importancia del cuentacuentos en esta serie de relatos y al mismo tiempo infravaloramos el poder de las historias en nuestra cotidianidad? Por supuesto, al margen de aquellos que transformaron su discurso en poder gracias al origen de lo institucional religioso o político, nexo innegable también desde el comienzo pues el rito y el mito dieron la posición y poder al palabrero, ¿dónde queda el papel del cuentacuentos en la sociedad contemporánea?

   Hace un buen tiempo decidimos dedicarnos a la oralidad y constituimos a Santa Palabra, y la decisión nos ha dejado varios aprendizajes. Hemos disfrutado llegando a escenarios impensables, juntas de gerentes, convenciones anuales, cumbres de embajadores, matrimonios, grados, y en cada una de esas intervenciones nos hemos preguntado si por todos los asistentes es valorado el fenómeno, si el que nos escucha permite que las palabras lleguen para sembrar imágenes mentales que detengan el tiempo. Esta pregunta nos ayudada a mejorar, a encausar muchas de nuestras decisiones. Por supuesto, la base de todo movimiento es ser feliz con lo que se hace, pero también existe el compromiso de mantener viva una tradición que en muchos ha perdido relevancia, porque el viento nunca les llevó las palabras de un cuentacuentos.

   Si lo que hacemos hoy es el mejor camino para mantener una tradición: no lo sabemos. Si implementar la tecnología al servicio del encuentro de un público con el narrador de historias es lo adecuado o es sacrilegio: tampoco lo sabemos. Si la decisión de hacer empresa para garantizar escenarios ideales y que comprendan el desarrollo digno del oficio es otro acto descabellado: quién se atreve a juzgarnos si es un acierto. Esta serie de dudas nunca nos ha paralizado y muchas veces nos ha servido para encausar el oficio y estar a la vanguardia. Detenernos a meditar nos ha servido para comprender mejor cómo hicimos el milagro entre tantas presentaciones. Esa duda (Socrática, por cierto), también nos ha brindado un poco de calma entre el peligro que conlleva el elogio y el aplomo necesario para continuar haciendo lo que amamos y aprendiendo.

   Es por lo anterior que seguiremos contando historias, relatando cuentos, en Cali, en Colombia, en todo escenario virtual donde un hispanohablante nos reciba. Y si no habla español, le hablaremos desde el gesto, pero seguiremos sentados bajo el árbol, fabulando. Porque en esta causa nos inscribimos y porque en cada encuentro está la oportunidad de reconocernos, de reír, de soñar colectivamente con gente que apenas vemos, de lograr en cada evento una experiencia exitosa y una fiesta de palabras que nos haga comprender que, más allá de entretenimiento, el contador de cuentos cuida el camino que nos lleva de niños a viejos.

   Por supuesto, a esta altura del texto cabe otra duda razonable: ¿hace cuánto no te cuentan un cuento? Si fue hace mucho, tal vez sea hora de hacer las paces con el cuentero. Hoy te invitamos a nuestras funciones abiertas al público; a conocer nuestra labor en empresas y talleres para equipos de trabajo a los que les llevamos los relatos como una forma de encontrarse con la oralidad adormecida y su potencial escondido. Quizás, si te atreves a contactarnos, te mostremos cómo el poder de las historias te brinda las respuestas que buscabas desde hace mucho tiempo. ¿Te atreverías a hacerlo?

Por Jhohann Castellanos