Les presento a mi abuela

Fraga

28-05-2019Tiempo para leer: 7 min

   El primero de enero, como es la tradición familiar, mi abuela nos invita el plato típico de Nariño: el cuy. Dice que lo hace porque le gusta ver a todos felices, reunidos y comiendo, porque para ella, igual que para el resto de las abuelas, la comida es felicidad.

   Cada año le pregunto por su historia y por sus recuerdos. Ella muchas veces edita su pasado y prefiere contar lo bueno: sus viajes, sus fiestas, sus bailes, la abundancia como recompensa al trabajo duro y la alegría de ver unida a su familia. Usualmente omite el dolor, las angustias, la soledad y hasta el desamor, porque creo que mi abuela sabe que somos lo que recordamos.

   Helena Ibarra o Señora Helena, como muchos la conocen, nació en 1933 al sur de Colombia, en Ipiales, y podría decirse que su historia inicia cuando tenía 14 años. Un día, saliendo de la escuela donde estudiaba, un hombre que hace mucho la pretendía y que ella había despreciado, la raptó, la llevó hasta un lugar lejano y ahí abusó de ella. El abuso fue tan violento que aquel hombre tuvo que encerrar a mi abuela en casa de unos familiares hasta que pudiera recuperarse, pero ella enfermó a tal punto que tuvieron que llamar un médico y él comunicó la violación y el secuestro a las autoridades. De inmediato el agresor fue detenido. La madre de aquel hombre llegó con un abogado al lugar donde su hijo se encontraba apresado, la mujer habló con mi abuela y le pidió que no acusara a su hijo, porque de hacerlo lo iban a llevar a una cárcel y posiblemente moriría por lo que hizo. Mi abuela, asustada y apartada de sus padres, aceptó sin saber que su padre, al enterarse del asunto, le quitaría todo el respaldo y apoyo pues había perdido la honra más grande que una mujer podía tener en ese tiempo: la virginidad. La madre del acusado al ver el desamparo de aquella niña de tez banca, pecas en las mejillas y cuerpo recién entrado a la adolescencia, le propuso irse a vivir a su casa y le dijo que para evitar todo acto de prejuicio contra ella debía casarse con su agresor. Fue así como mi abuelo y mi abuela se unieron en sagrado matrimonio.

   La tarde que mi abuela me reveló esa parte de su vida supe que era una mujer fuerte y resiliente. Cuanto era más pequeño y le preguntaba que cómo había conocido a mi abuelo, ella entre risas me decía "a su abuelo lo conocí en el altar, a mí me dijeron que con él me debía casar y me casé", "pero abuela" yo le insistía "¿y en qué momento se enamoró del abuelo?", ella respondía "como al tercer hijo ya le cogí cariño"; esa era la versión que siempre nos contaba y al final agregaba: "nadie sabe lo de nadie".

   Otro día supe que la madre de mi abuelo la adoptó como una hija y en ese ejercicio de sororidad encontró amor, ternura, protección y prosperidad; ella hizo y cumplió una promesa: mientras ella estuviera en su casa nunca nada le faltaría. Sin embargo, mi abuela ya era una mujer casada y como tal debía responder a un marido no muy amoroso, no muy buen compañero.

   Mi abuela parió siete hijos. Dos murieron. La primera, que no logró llegar a los quince y el segundo que nació muerto debido a los golpes que mi abuelo le propinaba cuando llegaba a casa borracho. Los cinco que quedaron, tres mujeres y dos hombres, crecieron en un ambiente estable, hasta la muerte de Isabel, la madre mi abuelo.

   Con cinco hijos a cuestas, su protectora fallecida, sin el respaldo de su familia, un marido agresivo, mi abuela no se lamentó por su suerte, no se refugió en la lástima, no se deprimió, ni sintió compasión por ella misma. Ella, con la bendición de un préstamo, inició un modesto negocio comprando y vendiendo mercancía en un mundo donde los hombres predominaban. Así hizo las primeras ganancias, con las cuales compró la camioneta Dodge del 71 y se llevó a su hijo mayor, quien era su hombre de confianza, al cual le compró un pase falso para que pudiera conducir y llevar mercancía ecuatoriana y traerla por tierra hasta Cali. Allí la vendía y compraba mercancía colombiana para llevarla de nuevo a Ecuador. En ese ejercicio del contrabando mi abuela hizo un amplio capital que supo invertir muy bien.

   Mi abuela no sabía qué era el feminismo, y creo que aún no lo sabe, pero eligió ser una mujer económicamente independiente para ganar su libertad. Fabricó su suerte, puso el destino a su favor y trabajó tan duro e incansablemente que hizo un vasto y muy personal imperio. Logró respeto, confianza y estatus. En medio de los viajes, negocios y dinero, mi abuela se separó del abuelo y encontró algo de paz y una vida más feliz.

   Una tarde de finales de diciembre le pregunté si alguien más le había gustado a parte de mi abuelo, me dijo que a ella nunca le gustó el abuelo, pero sí lo respetó a pesar que muchos la pretendieron. Siete aguardientes más tarde me contó que, en las fiestas de la Feria de Quito, estaba en la plaza de toros y ya entrada en tragos le gritó algunos halagos a un torero de procedencia extranjera y el torero le respondió con un beso volado, fue tal la emoción de ella que le lanzó un gabán muy fino que tenía, el torero se quedó con él y a cambio le dio una réplica en miniatura de un toro de cuero legítimo. Siempre vi ese toro entre las miles de raras pertenencias de mi abuela pero hasta ese día conocí su historia. Supongo que el resto de los objetos también deben tener recuerdos por contar.

   Con el tiempo aprendí a preguntarle a mi abuela por sus recuerdos secretos, por aquellas vivencias censuradas para niños pero aptas para un adulto curioso como yo. Cuando los cuenta, sus ojos se ponen picarones, su rostro se llena de una bella luz alegre, sus manos juegan a crear cada personaje o suceso y entre cada palabra una risa ameniza la historia.

   Este año cumplió 86 años y me asusta verla tan frágil, ya tiene las rodillas gastadas de tanto andar, pero no se queda quieta, siempre ha sido, como dice ella, "una andariega pata e' perro". Ese día le hicieron una reunión entre familiares y amigos, lamenté mucho no estar ahí. En los años de mi infancia estoy seguro que muchas de esas fiestas con orquestas y mariachis fueron en su honor. Hoy sólo se ríe y recuerda entre sus relatos que los días traen cosas que los días no ven.

   Mi abuela nunca se ha ganado un premio ni le han entregado un reconocimiento internacional por su amor y dedicación a sus cinco hijos, once nietos y seis bisnietos. Sólo tiene un olvidado diploma de haber cursado y terminado el quinto de primaria, que para su época ya era mucho para una mujer. Nunca la han llamado para una entrevista ni tampoco ha salido en prestigiosos diarios y aún le deben los 15 minutos de fama que dicen todos tenemos alguna vez en la vida. Por eso hoy quiero rendirle homenaje, hacerle un silencioso y lejano agradecimiento por dedicar su vida a ser el engrane principal de nuestra familia y compartimos sus entrañables historias. Algunas personas deberían ser para toda la vida, mi abuela es una de esas.

Por Cristian Fraga Villa