Los fines de la representación

El Santo

03-06-2020Tiempo para leer: 12 min

'yo soy, pero no me tengo' H. Plessner

   Te vengo a proponer un viaje, un camino de incertidumbre, un reto. Sígueme en la travesía y te prometo que saldrás de este artículo entendiendo el juego de la escritura de una manera diferente.

   Pausa. ¿Te pusiste a pensar en algún momento que puedes entender este escrito, con mi solicitud inicial y mi promesa, porque logras decodificar estas formas a las que llamamos letras? Sí, realizaste una tarea automática que fue la de decodificar este texto. Te lo explico mejor: yo, como escritor, elegí agrupar esta cantidad de signos y vacío, letras y espacios, y la manera en que lo hice te propone unas palabras que, por sí mismas, te ofrecen un sentido y que luego será ampliado cuando tengas otras palabras y la frase esté completa. Todo esto tan complejo lo aprendiste cuando te enseñaron a leer, cuando te dijeron: 'si juntas esta letra con esta otra puedes armar una palabra y la puedes entender así; si tienes dudas, puedes buscar el significado en el diccionario, que es el acuerdo social que establecimos para que todos sepamos, más o menos, de qué estamos hablando, ¿entendido?'.

   Ahora pasemos al acto de escribir. Piensa un momento en lo complicado que resulta poner una idea en forma de signos, agrupar pensamientos y trasladarlos al papel para que otro los entienda. Estamos hablando de un puente muy frágil, tan frágil que ni siquiera sé cómo recibes este artículo, tan débil porque no sé quién eres al leerme; es un puente frágil entre dos lados imprecisos.

   Ahora bien, con lo dicho hasta este momento puedo recordarte algo aún más evidente: nuestro sistema legal se sostiene, principalmente, gracias a ese puente que genera la escritura. Tu nombre es atestiguado porque está escrito en tu documento de identificación, tu partida de nacimiento, tu registro médico, la nomenclatura de tu casa, los nombres de las calles, la tarjeta de propiedad de tu vehículo, la cuenta de banco, tus diplomas, certificados, texto, texto, texto…

   Una cosa más para sumar: usamos el mismo código para cosas serias y cosas lúdicas. Y un texto exactamente escrito en un lado puede representar una cosa distinta en otro. Es decir, un dictamen jurídico que lleva a la cárcel a un hombre puede ser un cuento si es publicado en un libro que dice, de entrada: 'cuentos jurídicos', y puede que ni le cambien una coma al dictamen. Recomendación: te invito a leer La casa grande, del escritor colombiano Álvaro Cepeda Samudio y el grandioso cuento de Fontanarrosa: Sueño de barrio.

   Para meternos más en la carne del asunto pensemos, inicialmente, en la relación que existe entre el periodismo escrito y la literatura. Un artículo periodístico puede sindicar a un homicida, puede incriminar personas, y si el periodista no tiene pruebas, se puede ir a la cárcel. Decir lo mismo en un cuento, sugerir a los victimarios claramente, traer una masacre a una novela y escribir una historia familiar en torno a esos eventos, te salva del juicio. ¿Quién me puede juzgar si mi personaje de ficción es el mafioso más grande de la novela y además fue presidente por dos periodos, amante de la guerra y las armas? Nadie, porque me lo inventé yo mismo, ¡quién lo puede negar! El libro se lo podría regalar al mismo presidente y este jamás tendría cómo enjuiciarme.

   Por supuesto, el lector que desconoce estos efectos y contextos cae con facilidad en las trampas de los escritores y se sumerge en pasiones absurdas. El escritor, que conoce las reglas de juego, sabe cómo preparar las celadas y goza cuando le quedan bien pensadas. Entonces, hay que quitarse la ingenuidad en la lectura. Claro, algunos ya se hacen la pregunta de qué es periodismo escrito y qué es literatura y qué tanto se diferencian. La discusión parece resolverse con facilidad cuando se considera el escenario donde se expone cada texto y quién lo escribe: 'salió en el periódico y lo escribió tal periodista' . Sin embargo, ante las producciones contemporáneas, muchas de ellas virtuales, son múltiples los escenarios para los escritores y eso hace complicada la labor de clasificación de sus productos. Además, los escritores de novelas y cuentos también suelen ser escritores de noticias, crónicas, reportajes y la cosa se complica más.

   Recuerda esto, al referirnos al contraste entre la literatura y el periodismo estamos construyendo una discusión similar a la existente entre el texto literario y el texto histórico. Los dos artefactos han sido enfrentados en múltiples ocasiones con la misma pregunta (qué es literatura, qué es historia), y por ello, para guiar mejor este viaje, transportaremos algunos argumentos de esa discusión y los pondremos al servicio de la discusión general, para comprender el sistema completo.

   Para abordar la discusión nos convendría conocer que, con el surgimiento de las instituciones, cuyo objetivo es mantener estables las estructuras sociales, aparecieron las delimitaciones para lo escrito. Los discursos escritos para lo jurídico, lo histórico, lo periodístico, se erigieron como poseedores de la verdad y se comprometieron éticamente, en los tres casos, a dar cuenta de los hechos tal cual acontecieron, sin ninguna alteración a conveniencia. En palabras más sencillas: lo que ellos escriben se toma en serio y no debe manipularse al servicio de unos cuantos. La intención, como ha sido siempre, fue darle mayor tranquilidad al hombre sobre la 'verdad' y su sistema social. ¿Se imaginan un mundo sin esos límites?

   De la misma manera se hizo con la literatura y sus formas, como si esta existiera en el otro polo, sólo con el objetivo de ser lúdica. Nos dicen: la literatura no se encuentra dentro del registro de lo serio y por lo tanto 'no tiene' un impacto directo en lo real-verdadero. No posee ningún compromiso ético con la verdad y su discurso no se propone interactuar al servicio o funcionamiento de las instituciones sociales, pues se encarga únicamente de lo posible, nunca de lo constatable. De esta forma, la literatura queda supuestamente destinada al goce, con sus matices estéticos, lúdicos, intelectuales, filosóficos. Por supuesto, este distanciamiento, esta diferencia de objetivos que podría dejar todo resuelto, no es radical y merece algunas precisiones.

   Con la aparición de la escritura como tecnología de la comunicación, el hombre obtuvo una sensación de seguridad; creyó que conservaría los acontecimientos histórico-religiosos, de suma relevancia para su comunidad, de manera fidedigna. Le dio a la narración escrita el estatus de verdad y así quiso vivir tranquilo: 'es que si está escrito es de verdad'. Para el caso, Hayden White nos dice, en su texto El texto histórico como artefacto literario y otros escritos, una frase bastante sólida: 'La narrativa histórica no refleja las cosas que señala; recuerda imágenes de las cosas que indica, como lo hace la metáfora'. En ese sentido, las narraciones escritas se constituyen como una representación de lo real, una transformación, una congregación de sentidos para acceder a ideas y conceptos abstractos, más grandes y más amplios según el tema, sobre el acontecer del hombre y lo que le circunda. Por lo tanto, es la escritura de cualquier suceso narrado un reflejo difuso de lo real, intermediado por la interpretación del hombre que los escribe y que lleva a cuestas su conjunto de creencias, una axiología; un hombre con sus errores e inclinaciones que mantiene preso por sí mismo, siempre lejos de esa 'objetividad que nunca podrá alcanzar por ser deudor de su cultura'. (D. Chiappe).

   Lo mencionado anteriormente, que es conocido por muchos, nos pone en crisis ante la recepción de las ficciones serias y esto es importante, positivo y nos debería invitar a ser más prudentes. Ya hemos visto el alcance de las Fake news, de las cadenitas de Whatsapp enmascaradas de seriedad, esos efectos dañinos de lo que algunos llaman 'post verdad' . Para el caso del periodismo, hemos visto que se habla de la versión de los hechos, no de la única versión. Y sea como sea todavía se consumen sus mensajes en algunos contextos como si fueran un dogma. En ese sentido, al lector de lo escrito se le ha enseñado a ser incrédulo, a dudar, pero nos falta mucho más por aprender del sistema, de las reglas de juego, de la manipulación del código.

   En cuanto a los historiadores, ellos han modificado un poco su forma de expresarse ante tantas equivocaciones y ya no hablan de la historia como algo inmaculado o diáfano, sino que hablan de verdad histórica. Se refieren evidentemente a aquello que la humanidad ha asumido como oficial, como verdadero, pero que siempre albergará aspectos irresolubles, sombras que se iluminan únicamente con la imaginación y la especulación.

   El discurso jurídico, para tomar un ejemplo enfocado a lo penal, es desenmascarado con más frecuencia. Ya no se habla de la verdad, sino de la verosimilitud de las pruebas, de la forma en que se argumentan los hechos para el beneficio de la parte.

   Por otro lado, la literatura no sufre el mismo conflicto, pues no tiene ninguna obligación institucional. Suele suceder que el lector ingresa más confiado en las ficciones lúdicas, bajando la guardia de su observación crítica y transitando desprevenido por la fábula. Esta característica de la literatura le permite a un escritor escabullirse y mimetizar pensamientos, denuncias, posturas políticas, para igual lanzarlas al público y develar realidades que otros tipos de textos no se atreverían a hacer, inclusive atreviéndose a decir más que el periodismo mismo.

   Wolfgang Iser, en su texto La ficcionalización, manifiesta que la literatura abre 'claramente un espacio de juego entre el significado manifiesto y el latente (…), lo que se dice y lo que se quiere decir puede combinarse de distintas maneras'. Jorge Carrión, en Mejor que ficción, mencionaría una frase de Hemingway que indica algo similar: 'Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer alguna luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos'. De esta manera se desata la incertidumbre y los objetivos del periodismo y de la literatura terminan por vincularse.

   En últimas, frente a lo presente, nos corresponde ser menos ingenuos ante todo texto y desarrollar el pensamiento crítico: poner en diálogo todo lo leído, incluso la literatura, y pasarlo por fuego. Realizar el ejercicio de la intertextualidad, comunicar saberes en nuestro pensamiento.

   Sí, parece que vine a arrojar más duda al asunto, pero en la duda está la clave para dejar de trastabillar tanto. Pues, ¿quién puede garantizar que un producto periodístico o histórico es presentado bajo un rigor ético que nos permita admitir su completa objetividad? Definitivamente sería más prudente admitir que lo real siempre escapará a ser enteramente comprendido, narrado por el hombre y que el periodismo escrito, aún perseverando en una ética profesional, siempre trabajará 'con la presunción de conseguir el por qué de las cosas y con la certeza de no encontrar la respuesta jamás'. (D. Chiappe).

   Por último, cabe mencionar que comprender esta taxonomía nos permite gozar de sus mezclas, disfrutar como lectores de aquellos productos difusos y excitantes, del humor que dice tanto sin decir de frente. Y como escritores, indagar más en esta ventaja de saber que se trabaja con la representación de algo y lanzarse a la hibridación, a la fecundación mutua de procedimientos, de mecanismos narrativos, de herramientas de indagación, de estilos, entre la literatura, el periodismo, la historia. Es casi una obligación lanzarse a producir textos más atractivos, agradables e interesantes. Si procuramos al menos eso, más allá de lograrlo, lograremos estar en paz con el lector que cada uno es cuando escribe.

Por: Jhohann Castellanos